Mácula de un país – P. I. Horacio Guzmán

En la Quiaca se encuentra el paso fronterizo con mayor volumen migratorio del noroeste de Argentina.

Formalmente, el Puente Internacional Horacio Guzmán salva un río de frontera y resta flanqueado por la Gendarmería, la D.G.A. (Dirección General de Aduanas) y Migraciones.

Pero la realidad es otra muy distinta y varios trabajos de investigación califican a esta frontera como “el puente caliente” por la facilidad con la que narcotraficantes y paveros (trata de personas) delinquen impunemente ante dos países que no afrontan un problema gravísimo que les atañe.

A principios del s. XX El Tren Central Norte, rebautizado como El Belgrano, impulsó durante un tiempo la economía de la Quiaca (Argentina) y Villazón (Bolivia). Dos pueblos, dos países, separados por un río prácticamente exiguo. En 1993 el ferrocarril dejó de funcionar y desde entonces hasta hoy la Quiaca existe aturdida esperando despertar.

La máxima actividad económica se concentra en un puente angosto, paralelo al Puente Internacional Horacio Guzmán, por donde los “bagayeros” corren literalmente de 08.00 a 13.00 empujando carros con mercancía de un país a otro sin previo control aduanero. ¿Realmente hay harina de cereal en todos esos sacos? Permitidme al menos dudar un segundo cuando Bolivia es el tercer productor mundial de cocaína según la ONU.

La mirada, cuando la hay, de la D.G.A. y Gendarmería es de completa indiferencia y más cuando jueces federales salteños han estado vinculados con narcos.

A escasos 500 metros del paso aduanero, se ha afianzado un camino que prolonga la calle Jujuy y cruza el rio, y por ende la frontera, y comunica ambos países de manera ilegal facilitando el narcotráfico, contrabando, tráfico de personas ilegales y qué se yo.

 

la quiaca villazon

Areas de captación y vías de salida del sur de Bolivia – (Gráfico: Rubén A.)

 

Mientras entrego mi pasaporte en el Puente Internacional Horacio Guzmán, para poder cruzar a Villazón, no cesan de entrar, como hombres invisibles, los “paseros” con mercadería en los hombros o en carros, incluso algunas mujeres con niños pegados a la espalda. El control es inexistente.

El tráfico ilegal de personas que discurre por este punto es un secreto a voces, y fotografías de menores desaparecidos, se muestran descoloridas por el sol en las ventanillas del control de migración.

Niños que desaparecen un día y tal vez, son llevados a trabajar a las minas del Puno Peruano, o llevados a pisar hoja a los campos de coca en Cochabamba, o trabajos en talleres textiles en Buenos Aires o adolescentes que terminan enredadas en explotación sexual o trabajos en fábricas de la Patagonia argentina, quién lo sabe.

Como dato, para ser conscientes de la magnitud del problema, podemos tomar el de la ex cónsul argentina Reina Sotillo, quien durante 7 años (entre 2007 y 2014) restituyó a más de 2000 menores desaparecidos.

En un reportaje de “EL TRIBUNO”, el ex defensor Departamental de Potosí, Jorge Oporto Ordoñez, declaró:

“Una niña, un niño o un adolescente boliviano se vende ni bien cruza la frontera a 5300 pesos argentinos, es decir, unos 2300 pesos bolivianos.”

Que esto está ocurriendo es un hecho. Despertemos. Como dijo el bonaerense Facundo Cabral: “La sociedad humana está mal tanto por las fechorías de los malos, como por el silencio cómplice de los buenos.”

 

 

Gran parte de la información que aquí expongo fue extraída de la investigación que llevó a cabo Diego Granda para el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA).

 

 

 

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M.M.B.

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